“la pobladora”

Quién iba a pensarlo, tú, tú que surgiste un día de los hondos parajes del sur de Chile, que viviste en la más profunda de las soledades, la de los árboles, esa soledad que solamente conocen los que nacen con la marca del sufrimiento en las manos y conversan con los susurros de la naturaleza. Tú, que curabas tus heridas más profundas con el barro medicinal que te entregaba la orilla del río, embellecías tu cuerpo con amapolas y margaritas y tu llanto lo recogía el viento puro que traía consigo el alma de los seres ancestrales que encausarían tu camino hacia la efímera felicidad.
Quién iba a decir, que un día llegarías a tener con sacrificio un lugar en la gran ciudad, no aquella que te vio crecer, sino esa que te vio derramar lágrimas de angustia que dejaban surcos en tu rostro, que miró inmutable tus pasos entre calles desconocidas, temblando de frío y miedo, miedo a la incertidumbre del mañana, ese miedo que en algún momento se transformó en alegría cuando entraste por aquella puerta que abrió la posibilidad de doblarle la mano al destino y borrar esa marca que heredaste del sur. Ahí fue cuando supiste que la vida te brindaría una familia de verdad, de esas que nunca tuviste, la de una madre cobijando a sus hijos entre los brazos, la familia con una casa digna, conseguida a golpes que curtieron tu piel.
¡Esta es mi casa!, dijiste, y nadie me la quitará, aquí crecerán mis hijos, y en las calles del Cortijo serán felices, porque esto es nuestro.
La valentía de la humilde pobladora la condujo por los caminos de la maternidad solitaria, la que enfrentó con la profunda convicción de que sería lo mejor, y cual bruja mira su bola de cristal sus hijos se criaron en la pequeña casa y perpetuaron su figura en las calles del Cortijo, sobretodo él, el niño de sus entrañas, ese que aprendió a vivir de verdad antes que el común de los mortales, el niño que de pronto se transformó en un joven bello, agudo y demasiado terco para tu gusto, que hablaba de cosas que no debía, siempre aplanando calles rápido y con miedo.
Ese niño que te dio la primera y más grande de las alegrías, la de ser madre, fue él que desgarró tus entrañas ese día.
Todo era normal, tu llegando cansada de tu trabajo, tras un día vacío, llenaste de luz el hogar que de ti necesitaba, tu retoño pequeño jugando y tu orgullo más grande inquieto, como siempre, ya era normal verlo así, pero te molestaba y el miedo volvía a invadirte. Tras una discusión el orgullo de la pobladora salió de su casa. Transcurrieron las horas cual si fueran años luz, y de pronto el estruendoso ruido, miraste tus manos y ahí estaba la marca, aquella que no veías desde tu niñez en el sur, se hizo tan grande y oscura que supiste de inmediato que en ese preciso momento se terminaba tu felicidad.
¡Murió! Gritaste, yo lo sé, y corriste por las calles que ya no reconocías, esas calles a las que le brindaste el honor de ver crecer a tus hijos, esas calles que ese 22 de noviembre te traicionaron.
Hoy te miro desde lejos caminar, a veces sonríes, y observas sin rencor cada casa, cada poste y cada calle que tu hijo tuvo el placer de conocer, y en tus ojos se han mitigado las ansias de ver aparecer, por arte de magia, al joven que se desvaneció para siempre en las calles de nuestro Cortijo.

Tamara Ormazabal Gauthier
Concurso literario 2004

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